La historia de cómo España pasó de tener cadáveres debajo de las iglesias a construir cementerios
CAPÍTULO 1.
¡AQUÍ HUELE A MUERTO! Y NO ES UNA FORMA DE HABLAR
Once upon a time, en el siglo XVIII…
Tranquilos, que no vamos a dar la clase en inglés. Bastante tenemos ya con sobrevivir a los verbos irregulares.
Imaginad que vivís en Madrid hace unos 250 años.
No tenéis Netflix. No existe TikTok. No podéis mandar un WhatsApp diciendo «llego en cinco minutos» cuando todavía estáis en pijama.
Pero tenéis algo mucho más emocionante:
¡CADÁVERES DEBAJO DE LOS PIES!
Porque resulta que antiguamente era habitual enterrar a los muertos dentro de las iglesias o junto a ellas.
Sí, queridos.Tú ibas tan tranquilo a misa, te arrodillabas, rezabas un padrenuestro y, justo debajo, podía haber un señor que llevaba muerto treinta años.
¡Aquello no era una parroquia,
era un aparcamiento subterráneo de difuntos!
Y claro, imaginad agosto en Madrid. Cuarenta grados a la sombra. Ventilación regulera. Sepulturas que se abrían una y otra vez. Y un olor que ni trescientos botafumeiros trabajando a jornada completa.
La cuestión era seria: los enterramientos en espacios cerrados y abarrotados preocupaban por sus condiciones higiénicas y los riesgos para la salud pública.
No conocían los microbios como los conocemos hoy, pero empezaban a comprender que aquel sistema necesitaba una reforma urgente.
Y aquí aparece nuestra protagonista: Bárbara de Braganza. Reina de España. Esposa de Fernando VI. Una señora con corona, carácter y un pequeño problema funerario.
Resulta que el famoso Panteón de Reyes de El Escorial tenía unas normas para los enterramientos reales.
Bárbara no era madre de un rey, así que no les correspondía aquel lugar.
Imaginad la conversación:
- BÁRBARA: «Perdonad, ¿y mi tumba dónde está?»
- PROTOCOLO REAL: «Pues, majestad, según las normas…»
- BÁRBARA: «¿Cómo que según las normas? ¡Soy la reina!»
- PROTOCOLO: «Ya, pero no tiene usted un hijo que vaya a reinar».
- BÁRBARA: «Pues me construyo mi propio convento. ¡Y asunto resuelto!»
Y no iba desencaminada. En 1748 fundó el Real Convento de las Salesas, pensado también como lugar de enterramiento para ella y su marido.
Además, tenía otra finalidad importante: acoger a religiosas dedicadas a la educación de niñas de la nobleza.
¡Una reina que se preocupó de dónde descansar después de morir y de dónde estudiar antes de morir!
Eso sí, no debemos atribuirle la prohibición de los entierros en iglesias: ella misma fue enterrada en la iglesia de las Salesas.
El rey ilustrado. Un monarca al que le gustaban las reformas, las obras públicas y que las ciudades funcionasen mejor.
Y se encontró con un pequeño detalle:
¡LOS MUERTOS ESTABAN OCUPANDO LAS IGLESIAS Y AQUELLO NO ERA BUENO PARA LA SALUD!
Así que el 3 de abril de 1787 firmó una Real Cédula.
Que dicho en lenguaje del siglo XXI era algo así:
REAL DECRETO DEL REY, VERSIÓN MAITE
«Estimados súbditos:
Se acabó lo de meter muertos debajo de las iglesias como si estuviéramos jugando al Tetris funerario.
A partir de ahora, construiremos cementerios ventilados, preferentemente fuera de las poblaciones.
Los vivos necesitan espacio y los muertos necesitan descansar.
¡Y QUE CORRA EL AIRE!
Firmado: Carlos III, Departamento de Asuntos Cadavéricos».
Recreación humorística, no transcripción histórica.La norma establecía la construcción de cementerios fuera de las poblaciones y contemplaba determinadas excepciones para enterramientos en iglesias.
Pero una cosa era firmar una ley y otra conseguir que todo el mundo la obedeciera.
CAPÍTULO 4.
¡MI ABUELA NO SE VA A UN DESCAMPADO!
Imaginad a una familia del siglo XVIII. Acaba de morir el abuelo. Toda la vida habían enterrado a sus familiares junto a la iglesia. Y ahora llega alguien diciendo que el abuelo tendrá que descansar en un cementerio a las afueras.
- LA NIETA: «¡Mi abuelo no se va a un descampado!»
- EL PADRE: «¡Pero si toda nuestra familia está enterrada en San Agustín!»
- EL FUNCIONARIO: «Ya, señora, pero es que hay una Real Cédula…»
- LA ABUELA: «¡Pues que se entierre la Real Cédula!»
El cambio encontró resistencias religiosas, familiares y económicas. No fue inmediato.
Porque para muchas personas, ser enterradas cerca de la iglesia significaba seguir perteneciendo a la comunidad cristiana incluso después de morir.
Y aquí aparece un conflicto interesante:
¿Qué debe pesar más: una tradición religiosa muy querida o una medida destinada a proteger la salud de todos?
CAPÍTULO 5.
BADAJOZ: «CARLOS, SIN PRISAS, QUE ESTAMOS EN ELLO»
Y ahora nos vamos a Badajoz.
Porque los badajocenses también tenían que resolver el asunto de los enterramientos.
Carlos III había firmado la norma en 1787. Pero la transformación tardó décadas.
Y no fue tan sencillo como pasar directamente de las iglesias al Cementerio de San Juan.
Antes hubo otros espacios funerarios, entre ellos los de San Francisco, la Luneta y la Alcazaba.
1839. INAUGURACIÓN DEL CEMENTERIO DE SAN JUAN
También conocido como Cementerio Viejo. Se encontraba en el Cerro del Viento, entonces alejado del centro urbano.
¿Y qué pasó?
¡Pues que a algunos vecinos les parecía demasiado lejos!
Después de años buscando un lugar más adecuado para enterrar a los muertos, ahora resulta que el problema era la distancia.
«¡Oiga, que vamos a visitar al difunto, no a hacer el Camino de Santiago!»
El cementerio terminó consolidándose y continúa formando parte de la historia de Badajoz.
Con el paso del tiempo, Badajoz fue creciendo.
Y ocurrió algo curioso.
El cementerio que originalmente habían construido lejos de la ciudad terminó rodeado por el crecimiento urbano.
¡La ciudad había ido a buscar a los muertos!
Además, el espacio disponible empezaba a quedarse corto.
Por eso, en 1983 se inauguró el Cementerio de Nuestra Señora de la Soledad, conocido como el cementerio del Manantío, en el entorno de las carreteras de Olivenza y Valverde de Leganés.
¡Badajoz necesitaba ampliar su infraestructura funeraria!
CAPÍTULO 6.
¿QUÉ TIENE QUE VER TODO ESTE FOLLÓN CON LA RELIGIÓN?
Más de lo que parece.
Para el cristianismo, la muerte no significa simplemente el final de todo.
Los cristianos creen en la resurrección y en la vida eterna.
Por eso, los entierros, las oraciones por los difuntos y el cuidado de sus restos han tenido tanta importancia.
Pero también existe otra responsabilidad: ¡CUIDAR A LOS VIVOS!
El respeto a las personas fallecidas no debería convertirse en un peligro para quienes siguen viviendo.
La historia de los cementerios nos enseña que las costumbres religiosas pueden cambiar sin que desaparezca necesariamente la fe que les da sentido.
El cristianismo no exige enterrar a todo el mundo debajo del altar.
Y menos aún convertir una iglesia en un problema de salud pública.
AHORA OS TOCA PENSAR
Tenéis que decidir dónde se construye un cementerio nuevo.
Unos vecinos quieren que esté junto a sus casas para poder visitar fácilmente a sus difuntos.
Otros prefieren que esté lejos por razones de higiene.
Y el párroco recuerda la importancia de respetar las tradiciones religiosas.
¿Qué haríais vosotros?
¿Qué es más importante: respetar una tradición o proteger la salud pública?
¿Por qué antiguamente se quería enterrar a los muertos cerca de las iglesias?
¿Qué cambió Carlos III con su Real Cédula de 1787?
¿Por qué tardaron tanto algunas ciudades, como Badajoz, en adaptarse?
¿Qué significa para el cristianismo respetar a los muertos?
CONCLUSIÓN:
¡DESCANSAD EN PAZ, PERO DEJADNOS RESPIRAR!
La historia de los cementerios es mucho más que una historia de tumbas.
Es una historia de tradiciones, creencias religiosas, ciencia, higiene, reformas políticas y vecinos que no siempre estaban dispuestos a cambiar.
Y nos deja una lección:
Respetar a los muertos es importante.
Proteger a los vivos también.
Porque una tradición puede tener siglos de historia y, aun así, necesitar una buena reforma.
