Y como no tenían respuestas claras, hicieron lo que hacemos todos cuando no sabemos algo: se inventaron una buena historia.
Así nacieron los mitos.
Ejemplos fáciles:
- La cigüeña para explicar los bebés.
- El Ratón Pérez para explicar los dientes.
- Los dioses para explicar tormentas, fuego o el amor.
Hay mitos que no mueren nunca.
Se heredan como las recetas de la abuela o los chistes malos del tío.
Disney al rescate
Disney, que siempre mete mitos en las películas sin pedir permiso, ya nos lo coló:
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En Hércules, con dioses y héroes.
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En Dumbo, con una canción donde las cigüeñas reparten bebés como si fueran paquetes de Amazon celestial.
El señor que lo complicó todo
Y sí, da bastante mal rollo.
Desde entonces, el mito se hizo aún más famoso.
Pero la cigüeña ya era famosa antes
Mucho antes de Andersen y de Disney, la cigüeña ya era una estrella mundial:
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En Egipto, representaba el alma.
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En Grecia, había una ley llamada Pelargonia que obligaba a los hijos a cuidar a los padres, inspirada en la cigüeña.
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En Roma, era símbolo de familia, matrimonio y bebés.
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En los pueblos germánicos, era la mensajera de una diosa que devolvía almas para que nacieran como bebés.
Vamos, que la pobre cigüeña llevaba siglos trabajando en “Asuntos de Natalidad”.
Y ahora… la gran pregunta
¿Y lo de París de dónde sale?
Pues de una historia que empezó como un cotilleo medieval.
Resulta que en el norte de Francia muchas cigüeñas anidaban cerca de chimeneas, porque daban calorcito.
Un año, una pareja de cigüeñas se quedó cerca de París en vez de irse a África.
Cuando regresaron a su nido, la familia de la casa tenía un bebé recién nacido.
Los vecinos, en plan gracioso, dijeron:
—Mira, el bebé lo han traído las cigüeñas.
Y como pasa siempre:
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uno lo contó a otro,
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ese otro a otro más,
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y cuando se dieron cuenta…París ya era la capital mundial del reparto de bebés.
