09 enero, 2026

Nada ha cambiado

Volvemos a clase después de Navidad. Se acabaron las luces, los días largos sin reloj y la sensación de que todo se había detenido un poco. 

Y lo normal es que, al volver, ocurra exactamente esto: nada ha cambiado. Hemos descansado, sí. Pero hemos descansado para volver al mismo sitio, al mismo ritmo y con las mismas inercias. Y lo más preocupante es que ya no nos sorprende.

La Navidad funciona muy bien como paréntesis. Nos permite aguantar el resto del año. Dormimos más, bajamos el ritmo, convivimos algo mejor… y luego regresamos a la rutina como si todo eso hubiera sido una excepción incómoda. No como una pista de cómo podríamos vivir, sino como un descanso para seguir igual. Es eficaz, pero es profundamente estéril.

Vamos a hacer una comparación sencilla. 

Pensad cómo vivíais antes de Navidad y cómo estáis viviendo ahora: descansamos… para volver exactamente a lo mismo.

Y aquí viene la pregunta que normalmente evitamos: si sabemos que así no funciona, ¿por qué seguimos haciéndolo? No es por falta de información. Sabemos perfectamente qué nos desgasta, qué nos vacía y qué no nos hace bien. El problema no es la ignorancia. El problema es la comodidad de no tocar nada.

Ahora vais a pensar. No para reflexionar “en abstracto”, sino para concretar. 

Vais a responder , en silencio, a cuatro preguntas:

  • ¿Qué es lo primero que has perdido al volver a la rutina?, 
  • ¿Qué cosa buena de Navidad sabes que no vas a mantener?, 
  • ¿Qué excusa te dices para no cambiar nada?, y 
  • ¿Qué hábito te gustaría mantener aunque sabes que te costará? 
No se trata de responder lo que suena bien, sino lo que es verdad.

Aquí es donde entra la Religión, pero sin frases bonitas. 

El cristianismo no habla de sentirse bien unos días. Habla de conversión, que significa algo muy poco romántico: cambiar de dirección. No de opinión. De vida. Y eso es justo lo que menos nos gusta. Preferimos ideas, valores y discursos generales antes que decisiones concretas que nos obliguen a renunciar a algo.

Por eso ahora no vais a escribir propósitos generales. 

Vais a escribir una sola decisión concreta. Una. Algo que sabéis que deberíais cambiar porque así como estáis viviendo no funciona. No porque sea pecado, ni porque lo diga nadie, sino porque os está vaciando. Tiene que ser algo concreto, que dependa de vosotros y que os incomode. Si no incomoda, no vale.

Después vais a responder a otra pregunta, todavía más incómoda: ¿Qué pierdes si no cambias nada este año? No dentro de diez años. Este año. Porque muchas veces el mayor fracaso no es equivocarse, sino repetir exactamente la misma vida esperando resultados distintos.

Y terminamos con esto. La Navidad no sirve para darnos un respiro emocional. Sirve para dejar en evidencia lo mal que vivimos el resto del año. Descansar está bien. Pero descansar para seguir igual no es descanso: es anestesia. El verdadero problema no es que no cambiemos. El verdadero problema es que ya hemos aprendido a vivir cómodos dentro de lo que nos desgasta.