Hoy vamos a hablar de un monstruo.
El hombre lobo es una criatura muy útil. Sirve para señalar sin señalar, para exagerar sin acusar y para decir verdades sin pedir perdón. Es el espejo deformado en el que nadie quiere mirarse… hasta que se reconoce.
- primero la mirada,
- luego el juicio, y
- al final el apedreamiento moral.
Hay una canción, Lobo-hombre en París, que cuenta exactamente eso: un personaje extraño suelto en una ciudad elegante, moderna y muy civilizada… que no sabe qué hacer con alguien que no encaja en la postal.
No vamos a analizar la canción. Vamos a destriparla simbólicamente. Porque el lobo no es un lobo. Es cualquiera que no entra en el molde, que no habla como toca, que no ama como se espera o que no se transforma cuando la sociedad lo ordena.
En clase de Religión hablamos mucho de dignidad humana, pero se nos olvida que la dignidad se pierde casi siempre por la risa, por la burla, por el señalamiento, no por grandes crímenes.
El monstruo no nace: se fabrica.
Y aquí entráis vosotros.
Vais a escribir un microrrelato. Cien palabras. Ni una más pero pueden ser menos. Porque el esperpento no necesita explicarse: necesita golpear.
En vuestro relato debe aparecer un hombre lobo. Pero no uno épico. Uno patético, exagerado, incómodo, ridículo si hace falta. Porque lo ridículo también denuncia.
Podéis hacer que el lobo sea el único cuerdo.
O el único honesto.
O el único que se da cuenta del teatro en el que vive.
Además del texto, habrá una ilustración.
Y ojo: el dibujo no acompaña, acusa. No quiero dibujitos bonitos o ñoños.
Quiero símbolos torcidos, lunas desproporcionadas, sombras que no cuadran, personajes deformados. El esperpento no busca belleza: busca verdad deformada.
- ¿Quién es el verdadero monstruo?,
- ¿Quién aúlla y quién señala?,
- ¿Quién se transforma de verdad cuando cae la noche?
Firmaréis con pseudónimo. Porque aquí no importa el nombre del autor, sino el colmillo retorcido del texto.
Y quedaos con esto: